miércoles, 8 de julio de 2009

LA PRIMERA CRUZADA


Reunido en el mes de marzo del año 1095 el Concilio de Clermont-Ferrand, el papa Urbano II, retomando su vieja idea de su antecesor Gregorio VII, lanzo la idea de cruzada, prometiendo en ella participasen la misma indulgencia que obtenían quienes peregrinaban al santo Sepulcro. La desintegración del poderío turco sobre Palestina, Siria e Iraq parecía favorecer la restauración del dominio de Bizancio en la zona y los monarcas y nobles de Europa occidental eran los aliados naturales para tal empresa. El Papado, erigido nuevamente en referente supremo, concedía los privilegios espirituales que por un principio parecía ser la principal motivación para los que se presentasen a la tarea de liberar a los Santos Lugares del dominio infiel. Pocos meses después, Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, los condes de Blois y de Vermandois, los duques de Normandía y de Toulouse, Bohemundo de Tarento y hasta siete mil nobles mas, a la cabeza de ochenta mil hombres de a pie, atravesaban Europa por cuatro caminos diferentes en dirección a Oriente. Grandes muchedumbres, formando verdaderas hordas salvajes y descontroladas, les habían precedido, inflamadas por el exaltado verbo de desaforados predicadores. De entre todos ellos destacaba Pedro el Ermitaño, fanático visionario en cuyas palabras millares de hombres sin mejor ocupación veían, bajo la promesa de los privilegios espirituales, la posibilidades de hacer rápida fortuna en el rió revuelto que se anunciaba.

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